Historias de Raghardas: 'La revolución'

Anzhel

Oráculo Lvl 1
Pueden leer aquí una historia de las tantas que tendrá el juego Raghardas, basado en Argentum, que estoy desarrollando hace tiempo. Si quieren ver más sobre el, búsquenlo en el foro Hablemos de Argentum.


La revolución

Razgarath se despierta en su cama, se despereza y observa a su alrededor. Su cuarto está ubicado en una habitación cercana a donde descansa el Rey, por lo que procura hacer silencio. No quiere molestarlo. A su derecha, se encuentra una túnica larga, de colores verde oscuro y marrón, la cual suelen usar los druidas. Ella, a pesar de ser una maga, suele vestir este ropaje, junto con un gorro puntiagudo con un color amarronado, más claro que el de su vestimenta. Un bastón largo de madera, el cual podría decirse que mide casi lo mismo que ella, está tirado en el suelo junto a un bolso con cosas. Es hora de levantarse.

Razgarath se viste rápidamente, evitando cualquier tipo de sonido que pueda molestar al Rey Rhafer. De forma lenta, pero ágil, sale de su lugar de descanso y se dirige al pasillo principal del castillo del monarca. Para su sorpresa, el mismo está despierto, sentado en su trono, con su espada Excálibur en la mano, como siempre.

Buenos días, Su Majestad. – dijo, suavemente, Razgarath –

Buenos días.

La maga salió del castillo por la puerta principal. Junto a otros miembros de la Armada Real, Razgarath realiza algunas prácticas de entrenamiento para comenzar el día. Al sur de donde se ubican, hay una pradera, con un pequeño lugar con lobos.

Éstos animales son fáciles de matar, o al menos para ella lo son. No cualquiera ostenta el cargo de dirigir al ejército. Aunque el Rey es quien da las órdenes, ella procura que los soldados las cumplan. Podría decirse que es la segunda persona más importante en Raghardas, el mundo donde vivimos.

¡CRYOS CURAVIT! – pronuncia la maga, mientras una flecha helada surge de la nada y destroza a un lobo.

Es un hechizo muy poderoso. – comenta un soldado, el cual, atónito, se queda observando el cadáver destruido del animal.

Sin duda, soldado. Definitivamente no es un conjuro fácil de aprender. Observa.

¡RAHMA NAÑARAK O’AL!

Un aura de color rojo, junto con tonos amarillos y naranjas envuelve a una de las criaturas del lugar. Los soldados se mueven hacia un costado, aunque saben que ese ataque no va dirigido a ellos. Los llantos del animal no cesan, hasta que esa amalgama de luces cálidas se encierra en un remolino grotesco el cual acaba de una manera indescriptible con la vida del mismo.

Éste conjuro se llama Apocalipsis. – dice Razgarath – Puede convertir cualquier ser vivo en cenizas. Consume la mitad de mi poder, pero, qué más da…

Un aura azul envuelve a la maga, y su energía se restaura. La expresión facial de los subordinados era similar a la que una persona haría si viera un homicidio seguido de un acto de canibalismo. O peor.

Lentamente, cada uno vuelve a su actividad normal: seguir masacrando lobos, pero, esta vez, de una forma un poco menos destructiva.

Un aldeano se acerca al lugar donde Razgarath y sus tropas entrenaban, y, de forma inesperada, ataca a una de las criaturas que un soldado mataba.

¡¿QUÉ HACES?! – grita Elgardjéf, el militar.

Q-quería entrenar, señor… - tímidamente responde el aldeano.

Lo que hiciste es un delito. Jamás debes interferir en un entrenamiento. ¿Qué acaso no has aprendido nada en tu hogar? Para colmo, no estás robando un lobo a un aldeano como tú, ¡sino que molestas a un Armada!

Calma, Elgardjéf. No está bien lo que hizo, pero tampoco es tan grave. Si vuelve a molestar, lo enviaremos a la prisión, en el Continente Este.

¡Sí, señora! – eufóricamente, responde a Razgarath.

¿Cómo te llamas, y… quién eres, aldeano? No te he visto por aquí nunca. – pregunta la maga.

Mi nombre es Abedrell. Soy un mago principiante. Tengo una muy escasa experiencia en el manejo de la magia, pero de a poco aprendo. Ya puedo lanzar bolas de fuego y matar lobos de un solo golpe.

Oh, ¡suerte entonces! Y la próxima vez que veas a alguien entrenando, no molestes. Me imagino que no quisieras estar encerrado con asquerosos republicanos en un continente recubierto por nieve, ¿cierto?

Sí, señora. No quisiera estar con… asquerosos… republicanos.

Abedrell hace una mueca de disgusto y se retira del lugar, con dirección a Aurora, el pueblo que Rhafer gobierna.

Concluida ya la práctica diaria, en una fila liderada por Razgarath caminan hasta el castillo las tropas reales.

~

El aldeano, Abedrell, se dirige a la taberna del lugar. Este establecimiento contaba con bebidas de todo tipo, y también comidas. En una mesa, al fondo, lejos del tabernero y de la entrada, se sentó junto a una cazadora y un paladín.

¡Ah! Hoy, caminando, encontré a un par de soldados entrenando, y, para molestarlos, ataqué a uno de sus lobos. – exclama Abedrell.

¿Para qué haces eso? ¡Podrían encarcelarnos! – responde la cazadora.

Oh, Nigfath… debería tener cuidado, pero, lo que sucede, es que realmente siento furia con lo que hacen con nuestro pueblo. Es cierto, ni siquiera deberíamos estar aquí, pero nuestras tierras no tienen mucho alimento, y llevar hasta el Continente Este provisiones es vital para que nuestro pueblo perdure. Pero cómo va a vivir la gente de Precipia si todos los días masacran a nuestras familias en una prisión que no es más que cuatro paredes, sin agua, comida, nada… ¿ahora entiendes por qué he molestado a esos desgraciados? Lo sé, es una tontería, pero la cólera me supera.

Tienes razón, Abedrell. Mi nombre, Lagdelrék, significa “defensor del caído”. Prometo no dejar de defender nuestra causa, en nombre de Buoflát, nuestro líder. Como paladín, y orgulloso miembro de la Milicia Republicana, no descansaré hasta que esa “prisión” deje de encerrarnos sin motivo más que el de desobedecer al Rey, el cual ni siquiera es nuestro jefe.

Lagdelrék… ése tipo, Rhafer, puede matarnos a todos si quisiera. Él no lo va a hacer, tiene un ejército enorme a su cargo, mientras que nosotros somos 50 o 60. Buoflát es un mago poderosísimo, incluso más que Razgarath diría yo, pero… imagina que vencemos a todo su ejército, inclusive la maga. El Rey tiene en sus manos la espada Excálibur. Con ella, puede hacer lo que quiera con nosotros. El poder de ése arma no se compara con nada. Por ejemplo, mi arco, el Arco Élfico, no es nada comparado con la Excálibur. Y como sabrán, mi arma es increíblemente fuerte. No quiero desilusionarlos, pero vencer al Rey es inviable actualmente.

Según tus conclusiones, Nigfath, nuestro principal problema es que el arma de Rhafer nos rompería el culo hagamos lo que hagamos, en las condiciones actuales. Por lo tanto, debemos mejorar nuestro armamento, y, para eso, debemos trabajar en una mina, o inscribirnos en algún torneo. Y no me imagino haciendo lo primero, pero tampoco nos sobra el dinero. Lo que sí tenemos es coraje, experiencia y orgullo. Podríamos participar de una competencia. He oído que un semidios organizará una la semana siguiente. Si nos preparamos bien, y entrenamos lo suficiente, podríamos vencer. La modalidad será tres contra tres. Abedrell, tú, y yo deberíamos ser lo suficientemente fuertes como para vencer. Y lo mejor: el premio es un arma única para cada uno de los tres. ¿Qué opinan?

Estaría mejor si nos ayuda Buoflát, pero bueno, nosotros tres somos más que fuertes. Vamos a inscribirnos la semana que viene. Mientras, debemos mejorar nuestras habilidades. – responde Abedrell, mientras Nigfath y Lagdelrék aceptan con un movimiento de cabeza.

Abedrell era un mago muy inteligente. No era cierto eso que había dicho a Nigfath en ese entonces. Él es capaz de hacer todo lo que puede ella y mucho más si se lo propone. Él es un mago humano, y, aunque los elfos y gnomos pueden ser más letales que él en batalla, no se intimidaría ni en una batalla contra un dios.

Lagdelrék es un paladín lleno de orgullo y honor. Es un elfo oscuro, y, aunque de forma prejuiciosa y con un pensamiento un tanto ignorante los seres de las otras razas lo aparten y culpen de maldiciones y otras tonterías, siempre lucha por su pueblo, Precipia. Es un soldado fiel a Buoflát y es el hermano de Nigfath.

Nigfath es una cazadora que, a diferencia de su hermano, pertenece a la raza de elfos blancos. Es un miembro de bajo rango en la Milicia Republicana, a diferencia de los otros dos quienes son más cercanos al líder de la fuerza. La característica que se puede destacar de ella es su coraje, el cual la ha llevado a enfrentamientos con las personas. De todos modos, esto no es importante, porque si alguien se atreviese a desafiarla a un reto, es más que seguro que volvería al pueblo a suplicarle al Ángel que le devuelva la vida.

Los tres toman unas cuantas monedas de oro, las entregan al tabernero, quien hace una mueca un tanto burlona. Se despiden del lugar, dirigiéndose a la única puerta de madera, que cruzan uno tras el otro, cuando abruptamente son sorprendidos por dos guardias reales.

Ustedes tres, quedan detenidos por conspiración contra Su Majestad.

Los dos guardias toman una espada y, intentan prohibir el movimiento de Abedrell.

¡CRYOS CURAVIT! – el mago recita estas palabras, mientras una flecha surge del vacío, de la nada, y atraviesa a uno de los dos guardias.

¡CRYOS CURAVIT! – sin lograr hacer nada, el otro miembro de las fuerzas reales cae.

¡Debemos huir! ¡Alguien ha escuchado nuestra conversación en la taberna y nos ha denunciado! – grita Abedrell, lleno de furia.

Lagdelrék y Nigfath, anonadados, lo siguen hasta una salida de Aurora ubicada al oeste. Los tres, corriendo montados en caballos, huyen del pueblo, buscando llegar en barco hasta Precipia. Suben a sus barcos, y navegan hasta las costas heladas del Continente Este.

Ni bien lograron desembarcar en sus tierras, volvieron a subir a sus caballos y se dirigieron a Precipia. Entraron por el sur del pueblo, llegaron al centro y luego al este, para comunicarle a Buoflát lo sucedido. Entran los tres desesperados, y Buoflát los observa, con un gesto de descontento.

¿Por qué tanto apuro? ¿Qué ha sucedido? – dice el líder, sin entender nada.

Hemos ido a una taberna en el Continente Oeste, en Aurora, y, al salir, dos guardias reales intentaron apresarnos bajo los cargos de conspiración. Abedrell los atacó y ambos murieron instantáneamente. Espero que no vengan aquí a buscarnos – cuenta Nigfath.

¡Lo que has cometido ha sido una locura! ¡Que acaso estás loco, Abedrell! ¡Te creía más inteligente! ¡Si te dejabas encerrar, no ponías a tu pueblo en riesgo! ¡Me avergüenzas! – grita furioso Buoflát.

Lo siento, pero realmente estoy preocupado por las consecuencias que puede tener esto. No quisiera que nuestro pueblo entre en guerra con el hijo de puta de Rhafer. Ése tipo es capaz de agarrarnos uno por uno y hacer una sopa para todo su ejército.

Mira, Abedrell. Lo que realmente debería preocuparte es que no tenemos una defensa capaz de resistir un ataque imperial. Yo que tú, pensaría en alguna solución. Si lo solicitan, entrégate. De todos modos, un mago de tu nivel no podría ser asesinado fácilmente. El ejército del Rey es de nivel medio. Tú estás mucho mejor entrenado. Hazle frente a lo que has hecho y procura que no nos invadan.

Los tres milicianos agachan la cabeza, y se retiran del lugar.

En cuanto Rhafer se entere de lo que ha sucedido, no dudará en intentar vengarse. Pero, ¿saben qué, chicos? Yo no tengo miedo. Veo cada día como apresan a nuestros amigos y los mandan a minar plata en sus minas, e, incluso, roban el hierro y oro de nuestro continente. Debemos hacer frente a ésta injusticia. Si mañana no despierto, quiero que, al menos, sea por haber hecho que muchos hijos de puta tampoco vuelvan a ver la luz del día. Por eso, acompáñenme. Si algo sucede, quisiera que estén conmigo.

Abedrell, si queremos defendernos de un inminente ataque imperial, debemos traer gente hacia nuestro lado. El herrero de nuestra ciudad no tiene tantas armas como quisiéramos, pero posee más que suficiente como para entregarle a cada ciudadano de nuestro pueblo equipo con el que defenderse. No podemos estar esperando a que nos ataquen. Tenemos que hacer algo urgente. Como que me llamo Nigfath Elbendrálf, prometo defender a nuestro pueblo del imperio que nos usa como esclavos, porque somos más débiles.

Ehmm… muy lindo todo, chicos, pero dejen de hablar y vayamos con el herrero. No creo que tenga ningún problema en darnos sus armas de forma gratuita. A lo largo y ancho de nuestro continente, hay más o menos quinientos habitantes. Si todos nos unimos y defendemos el pueblo, podríamos repeler un ataque imperial, y, es más, podríamos vengar a nuestros hermanos y ejecutar a su ejército.

¡Qué carajo dices, Lagdelrék! Sólo noventa o un poco más de nuestros compañeros están en libertad. La prisión del sur está repleta de gente nuestra, la cual a diario los soldados reales sacan a las minas para robar nuestros recursos, para uso del Rey. Si interceptamos ese trayecto de la cárcel a la mina, y matamos a los soldados que reclutan a la multitud, podríamos liberarlos y así armarlos para defender Precipia. Según tengo entendido, sólo cuatro soldados lideran la horda de mineros. No comprendo cómo no matan a esos cuatro tipos a picazos.

Se llama miedo, Nigfath. El miedo es lo que hace que nuestra gente no se defienda. Saben que si joden al ejército, nos rompen las casas y matan a nuestras familias.

Comprendo, Abedrell. Mañana, temprano, cuando los presos salgan de la cárcel, sorprenderemos a los soldados.

~

Razgarath es despertada de su cama de una manera muy brusca. Para su sorpresa, no era ni más ni menos que el mismísimo Rey Rhafer.

Razgarath, dos de nuestros soldados fueron aniquilados ayer por la noche en la taberna de Aurora. Ellos estaban allí presentes porque el tabernero denunció que había gente, aparentemente republicanos, conspirando contra mí. Los dos soldados, o lo que quedó de ellos, fueron encontrados de una forma tan asquerosa… he enviado a cinco armadas hace un rato para investigar. Los cuerpos de los fallecidos estaban cortados al medio, de una forma muy, muy precisa. Estaban helados, pero nuestro pueblo tiene un clima templado.

La única explicación que le encuentro es que alguien con unos poderes increíbles haya conjurado una Flecha gélida contra ellos. Si existe gente en el ejército republicano capaz de hacer eso, sinceramente, estoy sorprendida. De todos modos, para llegar al fondo del asunto, debemos revisar delicadamente las heridas de los soldados caídos.

Razgarath, debemos hacer algo. Esto no puede quedar así. Estos tipos se meten en nuestro pueblo, van a nuestra taberna y matan a nuestros soldados… y, para colmo, se escapan sin dejar rastro. La única opción que tengo es enviar tropas a Precipia e intentar convencer al tipo ése, Buoflát, de que coopere si no quiere que destruyamos su pueblo. Bah, esa gente no tiene coraje. Son miedosos, cederán la información al instante.

De acerdo, Su Majestad. Ahora mismo enviaré diez de nuestros soldados a amenazar a Buoflát. Ahora, espero no se ofenda, debo cambiarme.

Esperaré afuera, Razgarath.

La maga rápidamente se viste, y sale del cuarto. El Rey se sienta en su trono, y ella se dirige hasta las tropas de una forma un tanto imperativa, muy diferente a la forma cálida en que trata a sus inferiores.

¡Soldados! Como se habrán enterado, dos de nuestros compañeros han caído en manos, presuntamente, de republicanos. Necesito que diez de ustedes vayan, ahora, en este instante, hasta Precipia, y obliguen a Buoflát a contarnos quiénes fueron los asesinos, de lo contrario, amenacen con atacar su pueblo.

¡A LA ORDEN! – gritan todos los soldados en conjunto.

Ágilmente diez soldados se desplazan hasta la salida del castillo, y se dirigen hasta el Continente Este, más específicamente, a Precipia.

~

Abedrell, Buoflát (quien decidió acompañarlos para que no estén en desventaja), Lagdelrék y Nigfath se encuentran a mitad de camino de las Minas Girgália. El Camino de Ragaldérk es un bosque muy frío. En sus entrañas, habita la criatura que da el nombre al lugar. Los cuatro milicianos ven una horda de gente llegando desde las Tierras de Alganorde, en el sur. Como esperaban, hay cuatro soldados dirigiendo a la multitud. Los soldados republicanos se acercan a la zona, cuando los imperiales los ven.

¡VEO A VARIOS MILICIANOS! – alardea uno de los armadas.

¡UNO DE ELLOS ES SU LÍDER, BUOFLÁT! ¡PREPAREN SUS ARMAS! – grita otro.

Nigfath toma una flecha, que se veía muy fuerte, y la lanza a la distancia, clavándola en la cabeza de uno de los enemigos.

Abedrell, corriendo, grita: ¡RAHMA NAÑARAK O’AL!

El remolino de fuego y luces destruyó a otro de los soldados por completo.

Lagdelrék, caminando lentamente, y viendo como una horda de mineros y dos soldados furiosos se acercaban, conjuró: ¡HOAX VORP!

Uno de los dos miembros de la armada restantes detuvo sus movimientos por completo, cuando su compañero grita: ¡AN HOAX VORP!

El otro recupera su movimiento, y el rostro de preocupación de Lagdelrék era evidente. Se acerca a ellos y empieza a pelear cuerpo a cuerpo, con su espada de plata. Corta el rostro de uno de los enemigos, pero, inesperadamente, el otro lo toma por la espalda y corta su cuello. Lagdelrék cae al piso, y la expresión de Nigfath y Abedrell fue, simplemente, indescriptible.

Sus ojos miraron como su compañero fallecía, pero, Nigfath, no miraba a su compañero miliciano, sino a su propio hermano. Buoflát cerró sus ojos, y los volvió a abrir, esta vez, llenos de furia. Tomó su báculo con fuerza, y gritó: ¡ASGGARIA MASSIVA!

De la tierra surgió un extraño humo blanco. Nigfath se encontraba un poco mareada y no podía respirar correctamente. Un círculo de fuego rodeó al soldado que mató a Lagdelrék, y una explosión, de dimensiones que las palabras no pueden describir, se apoderó de ese campo helado, derritiendo gran parte del hielo y nieve de la zona. El otro miembro de la armada observó al cielo, empuñó su arma, y se suicidó en el acto.

Nigfath, Abedrell y Buoflát corrieron hasta el cuerpo de Lagdelrék.

Gracias. – dijo, desfalleciente, su compañero.

Nigfath cerró sus ojos, y lo despidió.

~

Los diez soldados enviados para amenazar a Buoflát para entregar la información que el Rey quería, llegaron a Precipia. Se presentaron ante el lugar donde el líder republicano dirige su ejército, y se encontraron con que no había nadie. Pero, más temprano que tarde, observaron que, de todos los ángulos de la ciudad, se escuchaban cientos de pasos que cada vez se acercaban más a la puerta del lugar.

Aquellos soldados, que fueron enviados por Rhafer, vieron cómo decenas y cientos de hombres y mujeres se colaban en Precipia. Al frente de ellos, estaban los tres milicianos republicanos que sobrevivieron a la batalla en el Camino de Ragaldérk.

¿Qué hacen aquí ustedes? – pregunta, desafiante, Buoflát.

N-nada. Queríamos hablarle, pero veo que no es posible en este momento. – dice, cobardemente, uno de los soldados.

Si están aquí, es por algo. Hablen o actuaremos. – remata Nigfath.

Queremos saber quiénes fueron los que asesinaron a nuestros soldados en la taberna de Aurora. – otro miembro del ejército real contesta, con un poco más de soltura.

Fuimos yo, él, y mi hermano, el cual acaba de ser asesinado por uno de ustedes. Les sugiero que huyan de aquí cuanto antes, si no quieren pagar las consecuencias. – vuelve a contestar Nigfath con firmeza.

¡De eso nada!

Uno de los soldados intenta atacar a Nigfath, cuando Buoflát reacciona rápidamente: ¡HOAX VORP!

Lo último que vieron esos diez soldados antes de convertirse en cadáveres, fue una horda de personas tirándoseles encima, apuñalándolos con picos de minería.

~

¡Su Majestad, los diez hombres que enviamos a Precipia no han regresado aún! Esto es grave, ya deberían estar aquí…

No se preocupe, Razgarath. No están en condiciones de atacar a diez de nuestros mejores soldados. – comenta, tranquilo, el Rey Rhafer.

~

El herrero nos brindará armas a todos y cada uno de nosotros. Mañana mismo, por la mañana, atacaremos el castillo de Rhafer, y terminaremos con el sufrimiento de nuestro pueblo.

Buoflát, eres un buen hombre. No sólo vengaremos a mi hermano, sino que vengaremos a los cientos de republicanos que fueron apresados, y los que han muerto trabajando en las minas. Mujeres, algunas embarazadas, hombres que deberían estar junto a ellas, jóvenes, personas inocentes. Ellos nos han llenado de valor, para lo que haremos mañana. – en un tono calmo, Nigfath, cierra los ojos y les dice a todos que descansen.

~

Llegó el día, Nigfath. Llegó el día, hermana.

~

Buoflát despierta en su casa, que, a su vez, funcionaba como centro de mando. Se dirige al centro de la ciudad, busca a Nigfath y a Abedrell, quienes dormían en casa del herrero, y envía a ellos a buscar a los esclavos de las minas.

El herrero de Precipia entregó a cada uno un arma, dependiendo de qué artes conocían. Báculos para los magos, espadas para los paladines, hachas para los guerreros. Todos los comerciantes del pueblo cooperaron de una u otra forma, proveyendo de recursos a aquellos que en pocas horas estarían cometiendo la osadía de invadir al régimen que oprimía a su pueblo.

Cuando cada uno tuvo su arma, sus pociones, comió, bebió, y se colocó una ropa o una armadura, zarparon en barcos hacia el oeste, para llegar más fácilmente al corazón del imperio. Desde las costas de Precipia, atravesaron el océano hasta llegar al Campo del Grínelet, siguiendo hacia el oeste y chocar con el Reino.

Atacaremos por el frente. Destruiremos a los guardias de forma fácil. Somos muchos, es imposible que nos detengan. Cuando no quede ningún soldado en pie, quiero que me dejen a Rhafer a mí. Es un favor que les pido, incluso a usted, Buoflát.

Está bien, Nigfath. Tú has sufrido la caída de tu hermano en manos de los soldados de ese desgraciado, así que su sangre correrá por tus manos.

Suerte.

Caminaron en filas, de forma prolija, hasta llegar a la puerta del castillo. Abedrell conjuró:

¡FINIS MORTEM!

Un espectro espeluznante envuelve el cuerpo de un guardia, y lo lleva al inframundo.

Buoflát mueve su báculo hacia delante y: ¡DAEMONUM SPIRITUS!

Un demonio grotesco atraviesa a otro soldado y lo destruye, hasta que queda prácticamente nada de él, sólo cenizas.

Atraviesan la entrada del castillo, y todos los que alguna vez fueron esclavos del Rey se abalanzaron sobre decenas de guardias, muriendo muchos de los republicanos en el intento pero cargándose, por mayoría, a cada uno de los guardias imperiales.

Rhafer no sabía qué hacer. Miraba al frente, sin comprender si lo que veía era un sueño horrible, o realmente eso estaba sucediendo. Razgarath sale de su cuarto, y la escena que presenció se quedará, probablemente, en su cabeza el resto de su vida.

¡SU MAJESTAD, ESCAPE POR LA VENTANA DE MI CUARTO!

Rhafer, más temprano que tarde, estaba corriendo hasta la habitación de la maga, la cual seguía sin comprender qué pasaba.

¡QUE NO ESCAPE! – grita Buoflát.

Razgarath saltó por la ventana y huyó del castillo. Rhafer estaba detrás de ella, y cuando estaba a punto de caer fuera del edificio, tropieza y cae sobre la cama de Razgarath. Nigfath fue la primera en entrar al cuarto, seguida de aproximadamente veinte personas, entre ellas Buoflát y Abedrell, que entraron a la habitación. Nigfath toma a Rhafer del cuello, lo levanta y, mirándolo a los ojos, le dice:

-

Nuestro pueblo ha sido destruido por tu imperio.

Has matado a nuestra gente y nos has usado como esclavos.

Hay personas que nacen para hacer justicia,

y otras nacen para darles a éstos un propósito en la vida.

Buen viaje, Su Majestad.

-​

Nigfath toma la Excálibur de las manos de Rhafer, y el resto es historia.

~

Hoy, un año después de aquél suceso, podemos afirmar que volvimos a ser un pueblo de verdad. En la cárcel ubicada en la Tundra del Sometimiento, se encierran criminales y no gente inocente. Permitimos que el imperio use esa cárcel, pero como es debido.

Ah, y respecto al imperio… he oído que Razgarath tomó el mando del mismo. Muchas personas comentaron que es una cobarde al haber huido, pero es una Reina un poco más decente que Rhafer. De todos modos, siguen siendo nuestros enemigos. Estoy más que segura de que la guerra no ha terminado aún, pero algo es seguro: ellos ya no son preocupación para nosotros. Mi hermano fue sepultado dignamente luego de la guerra y, hoy, con un año más sobre mí, le agradezco por haber sido un buen soldado y amigo. Buoflát sigue al mando, y yo, dejé de tener un rango bajo, y ahora soy segunda al mando en la Milicia Republicana. Abedrell, bueno, él hace de las suyas, pero sigue rindiendo a diario su respeto a nuestros valores.

Precipia ahora es un lugar más feliz.
 
Arriba